En una cárcel, solo el equipo directivo y el de tratamiento conocen los delitos por los que los internos están allí. Por eso Fernanda, la nueva psicóloga del Centro Penitenciario Paraleda, se sabe de memoria, antes de su primera sesión, los detalles de la violación que llevaron al Cachorro (Tirso González Sillero en el DNI) a enfrentarse a una condena de nueve años de prisión. Con ciertos beneficios: si realiza el programa de control de agresores sexuales, podrá salir a la calle de permiso.
El Cachorro es guapo. Muy guapo. Se lleva muy bien con los funcionarios de vigilancia, que prefieren relacionarse con él a acercarse a los internos drogadictos, mellados, famélicos, de conversación febril. El Cachorro cae bien de forma natural a todo el mundo, menos, por lo visto, a la jueza que no creyó su último “Inocente” tras siete apelaciones. Puta. Con lo buen hijo que es él: que le pregunten a su madre quién limpiaba sus vómitos de la quimioterapia mientras se desarrollaba el juicio.
Para Fernanda el Cachorro es mucho más que un expediente. La psicóloga pidió el traslado de su anterior destino porque allí un interno la amenazó con violarla y sus jefes le espetaron que “se lo había buscado”. No es fácil mirarle a la cara a un director de prisiones y pensar que, en el fondo, entiende al preso más que a ti. Tras aquello, su matrimonio no aguantó: a Fernanda se le iba apagando el amor con cada gesto paternalista de su marido, Ignacio. Por eso decidió pedir el traslado a Paraleda e intentarlo de nuevo.